Un cuento para el sol naciente

Aunque me gustaban mucho las clases de gramática y filología, y además siempre me interesaron los idiomas clásicos como el latín y el griego, nunca supe realmente para que sirven “los términos”. Yo, de niño, llevaba conmigo una grave duda y por miedo a recibir una cruel contestación, nunca lo comenté con mis padres.  A mi en el cole me llamaban Antonio y a mi amigo Akira le llamaban “el oriental” y yo no sabía el porqué. Imaginaba que quizás fuera por siempre estar en silencio, ser el alumno mas dedicado, o por saludarnos reclinando la espalda, con las manos unidas, junto al pecho. Por esas y tantas otras experiencias infantiles traumáticas, yo crecí creyendo que el término “oriente” era algo peyorativo, algo débil, fracasado. Tenía compasión por Akira, quería ser su amigo, quería mostrarle a los demás que no me importaba compartir la mesa con él, que no me preocupaba sus ojos rasgados o que se quitara los zapados al entrar en clase. Akira siempre compartía sus caramelos transparentes con dibujitos de flores, que sus abuelos le traían de Japón cuando venían de vacaciones. A mi me gustaban los de la florecita naranja, eran algo dulce pero tenían un puntito picante y me hacían querer comer uno tras otro. Akira me decía que para que llegáramos a ser buenos hombres no deberíamos chuparlos todos a la vez, que deberíamos averiguar a que nos recordaba cada uno de los caramelos que nos poníamos en la boca. En aquella época, y con solo 7 años, lo que me interesaba era ver el caramelo deshacerse y observar como las flores desaparecían poco a poco absorbidas por los agujeros que se formaban en el contacto del azúcar con la saliva. Jugábamos los sábados por la mañana, mientras nuestras madres se iban de compras a la frutería y al mercadillo. Mi juego preferido era la lucha de los samuráis, ya que era más alto que Akira y siempre le ganaba; a mi amigo le gustaban los juegos de equilibrio, hacer el pino y esperar a que algún pájaro se le posara en los pies. Cuando jugábamos en su casa, mi madre me recogía sobre la 1 y nos traía unas fresas súper dulces que Akira se comía con especial cuidado y decía: “estas fresas saben a nubes recién hechas”. Cuando jugábamos en mi casa él siempre regresaba a su casa sólo. Le preguntaba si su madre no vendría a recogerle y  siempre me contestaba que ya era mayor, que podía hacerlo sin problemas. Quería demostrar a su papá que estaba preparado para cuidar de su madre cuando se iba de viaje. Le gustaba volver por el camino del río, aunque fuera mas largo, él se tiraba un buen rato mirando el agua deslizarse entre las piedras.

Virtual Media Area . Ching-ming Festival

La última vez que vi a Akira fue una semana después de que cumpliera 8 años. Lo vi poniendo unas velas en la ventana de su cuarto, con el cuerpo erguido hacia fuera, mirando al jardín, con una sonrisa serena y las manos unidas junto al pecho. Nos mudábamos ese mismo día de la ciudad. Mi niñez medio nipona se acababa en ese instante. Supe a los 13 años el significado de la terminología Oriente, lo que me hizo entender muchas cosas que viví con Akira. Entendí, sobretodo, que mi amigo vivía con sus rituales no por debilidad y si por vivir la vida con el placer único de cada momento. Supe también, a los 13, que en aquél día, el último día en que vi a Akira, se murió su padre en un accidente aéreo. Echo de menos a mi amigo. Echo de menos sus misteriosas cajitas de hojas secas y  su ligera manera de tomar la sopa en cuclillas.

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innocence

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“ – Sigo contando mi historia. –Reiko se rascó cerca de la ceja con la punta del dedo meñique-. Cuando aquella chica se marchó, me quedé sentada un rato en una silla, aturdida. No sabía qué hacer. Los latidos del corazón me retumbaban muy adentro con un sonido sordo, sentía los brazos y las piernas extrañamente pesados y tenía la boca seca, como si hubiera comido polillas o algo parecido. Pero, pensando que pronto volvería mi hija, decidí tomar un baño para quitarme el rastro de sus besos y caricias. Por más que me froté con jabón, aquella especie de limo no desaparecía. Posiblemente fueran figuraciones mías, pero no podía evitarlo. Aquella noche le pedí a mi marido que hiciéramos el amor. Para limpiar aquella impureza.”

MURAKAMI, Haruki. (Tokio Blues . Norwegian Wood)

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5 comentarios en “Un cuento para el sol naciente

  1. Soy de un pueblo donde los niños caminan tranquilamente por las calles, pero aun así me sentí un poco moslesta con este vídeo, es como ver a un crio jugar con un cutillo, aún que no les haga daño…

  2. Japon es total! Que lo confirme Isabel Coixet y Sofia Coppola. Cuanto al video sí que es un poco fuerte, aun que no se porque… deberíamos estar contentos que los niños puedan caminar así por las calles, solitos y seguros, pero como ha dicho liv, el video molesta, es incomodo…

    1. No hemos querido decir que esos niños son independientes, solo que presentan rasgos típicos de la cultura japonesa, como la independencia o el gusto por la soledad. En cuanto lo de la seguridad de ir por la calle sólos, tampoco es algo muy habitual en esos dias, ya que en Japón en los últimos años los niños se estan convirtiendo en las principales víctimas de violación. Les paso unos links con un poco más de información sobre ese tema. Y la discusión sigue abierta.

      Ropa blindada para niños japoneses

      Japanese Society

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