Encontrando Malta en Malta

Ella, poco sorprendida, me comenta: te estaba esperando, ¿por qué tardaste tanto? Suavemente toca mi mano y siento, invadiendo mis sentidos, el perfume del agua cristalina. Cierro los ojos unos segundos y permito que esa sublime sensación de vivacidad domine mi cuerpo. No tengo ni pensamientos ni deseos. Por unos instantes mi cerebro se vacía. Creta habrá llegado a la ciudad hace algunos días, y podría enseñarme algunos rincones exclusivos. Sabrá, seguro, a que hora nace el sol y por detrás de que roca se esconde.  Abro los ojos y la plaza sigue llena de turistas. Ya no está Creta a mi lado, ya no la veo en ningún sitio, se difumina entre la multitud, entre las rocas envejecidas de los edificios. Yo anhelaba estar en su compañía. Hubiera querido compartir con ella algunas horas de silencio. Pero ahora ya no está, y me siento profundamente sólo, nuevamente encerrado entre mis huesos y mi carne. Me pregunto, otra vez, que estoy buscando, si realmente necesito ver a Malta. Quizás esté perdiendo el tiempo detrás de alguien que no existe. Quizás me esté volviendo loco. Creta era mi única posibilidad para llegar a Malta, mi única esperanza. Ahora ya no tengo nada. Me siento, completamente perdido, en los escalones de una cuesta de la Valleta. Miro hacía el horizonte, buscando alguna respuesta.

Me doy cuenta que todavía llevo la guía de Creta en las manos. Ni siquiera he sido capaz de devolvérsela. La abro con la intención de despedirme de Creta, de mirar por última vez su letra y sentir sus huellas que van desapareciendo poco a poco. Percibo, entonces, que la guía está ahora completa, que la página que faltaba se encuentra en su debido lugar. ¿La habrá colocado Creta? Es una página más, con descripciones turísticas y recomendaciones de restaurantes y edificios históricos que visitar. En letras suaves con tinta naranja, sobre la foto de un museo, leo unos apuntes:

“Pero, al mirar caer este capullo y este tallo, he intuido en una milésima de segundo la esencia de la Belleza. Sí, yo, una mocosa de doce años y medio, he tenido esta oportunidad increíble porque, esta mañana, se daban todas las condiciones: espíritu vacío, casa silenciosa, rosas bonitas, caída de un capullo. Y por eso he pensado en Ronsard, sin comprenderlo del todo al principio: porque es una cuestión de tiempo y de rosas. Porque lo bello es lo que se coge en el momento en que ocurre. Es la configuración efímera de las cosas en el momento en que uno ve al mismo tiempo la belleza y la muerte.” La elegancia del erizo, de Muriel Barbery.

Atónito, sentado en el banco de la parada del autobús, me reanimo. Seguiré buscando, pienso. Empiezo a comprender lo que me mueve, lo que me hace vivir. Empiezo a entender porque estoy buscando a Malta. Al otro lado del cristal cae la lluvia.

Sigo mi camino en autobús, cojo el primero que pasa por la parada. Lleva destino a Cittadella, Mdina. Intento no pensar demasiado, intento dejarme llevar por esos instantes efímeros. Me viene a la cabeza que quizás Malta no exista, que quizás sea fruto de mis deseos. Llego a Cittadella, empapado de ilusiones y de lluvia. Me meto en un café y paso al aseo para intentar secarme. Un simpático señor me saluda con la mirada, sonriente. Siento la piel como agujereada, por donde pasa, sin barreras, el viento. Ya se que el final está próximo, ya puedo sentir a Malta abrazándome. La mente paralizada, escucho, con atención, la sangre corriendo por mis venas. Escucho también el klaxon de una bici que me pide pasar.

Busco una playa desierta. Me tumbo en las piedras de tacto fino y miro al cielo. Siento 3 gotas de lluvia correr por mi rostro. No sé si son mis lágrimas. Hace tiempo no me siento tan vivo como ahora. Hace mucho no tenía ocasiones de estar sólo, de estar entero. Me doy cuenta de que Malta para mi es nada más que un concepto. Percibo que la he encontrado en muchos momentos. Ella estaba todo el rato conmigo. La he encontrado cuando vi a Creta y cerré los ojos, la he encontrado cuando probaba el delicioso menú maltés, y cuando, perdido por las callejuelas, vi que todas las direcciones llevaban al mar. Malta ya estaba dentro de mí desde que leí aquel libro, no hacía falta verla o tocarla, ella y yo ya somos uno, ya nos hemos fusionado. Lo que buscaba, creo, era encontrarme a mi mismo, encontrar esos momentos fugaces. Buscaba estar en silencio con mi conciencia.

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