¿Vienes a ver o vienes a vivir?

Yo con la edad que tengo, hay cosas que ya no puedo vivir, y quizás mirándolas me quede escandalizado. Ya no tengo veinte años, y tú sabes, dificultad para ir al baño, para coger el sueño, para comer hamburguesas o kebabs 5 días seguidos, es decir, para nosotros, balzaquianos, nunca es demasiado algunas dosis de confort. Pero bueno, con un poquito de voluntad y la compañía de buenos amigos creo que lograré llegar vivo al final de esta semana. Nuestra aventura empieza medio chunga, ya que son las 12 de la mañana y habíamos quedado para salir sobre 10. Es que el coche de la amiga Teresa, un estupendo FordFiesta rojo, año 92, no pudo salir del taller. El pobre, seria exigirle demasiado. No consigue ni siquiera llegar a Chiclana de la Frontera, y ni de coña cruzaría la frontera con Portugal. ¿La solución? Pues llevar la furgoneta que nos deja, por caridad, el Taller del Paco. Pues nada, quizás sea mejor, 4 personas con maletas, tiendas de campaña, bolsas nevera, botes de loción antimosquitos, linternas, colchones hinchables, toallas, almohadas y poco más, estén mas cómodas en una furgoneta que en un  FordFiesta 3 puertas.

Festival Sudoeste 2010

¡Que lujo, vamos! La furgoneta está, digámoslo, asquerosa. Algunos bolis tirados, trozos de papeles, algunas migas jurásicas de algo que algún día fue comida, pero tenemos mucho espacio, y eso es muy importante ya que dentro de nada estaremos en una fiesta con más de 20.000 personas. Vamos como reyes, escuchando música en el móvil, ya que la furgo viene sin radio, merendando galletas maría y tomando batidos de chocolate. Vamos, glamour post-moderno. Nuestra única parada antes de llegar al destino es en la gasolinera, para comprar el adhesivo de la Unión Europea y pegarlo en la matrícula del año de la polca de la furgo. Sorpresa, ¿que ha pasado? Pues el calor de poco más de 40 grados hizo que el líquido refrigerante del motor entrara en ebullición. ¡Eh, que alegría! El viaje ya está completo. Por fin, entre algunos percances y mucho polvo, logramos llegar a Zambujeira do Mar.

Zambujeira do Mar

Ahora hay que darse prisa, ya que llegamos tarde y los conciertos no tardarán en empezar. Y también se nos hace de noche y un grillo de ciudad no puede armar la tienda de campaña en la oscuridad. La verdad es que me prometí a mi mismo, desde la última vez que me fui de camping y tuvimos la tienda invadida por bichos y por lluvia, y fuimos obligados a dormir al relente, con el frío que hacía, sin sacos de dormir y abrazados unos a otros para calentarnos, juré nunca más pisar en un puto camping, ni siquiera una cabaña. Y aquí estoy otra vez, en medio de eucaliptos, colocando cuerdas para hacer un tendedero y dando martillazos a las piquetas para poner la tienda en pie. Por favor, no lo merezco. Encima los vecinos, “nada ruidosos”, son casi todos adolecientes, que posiblemente vinieron a ver a Britney Spears o a los Jonas Brothers. ¡Es broma! Esa gente no toca aquí. Es que ya me va pasando el cansancio y el mal humor y me voy tornando cada vez más festivalero, entrando en la onda de fiesta y relajación que parece invadir a todos.

Kruder & Dorfmeister

De verdad que se respira algo nuevo, algo de vanguardismo. Se ve a la gente feliz, muy pocos borrachos, disfrutando de las atracciones, cantando y bailando juntos. Nunca había venido a un festival musical de verano, la verdad es que me sorprendió. La organización bastante buena, siempre están dispuesto a aclararnos nuestras dudas y la verdad es que la comida está bastante bien, hay incluso un chiringuito de Wok. Empezamos la fiesta con los conciertos de Maria Gadú, The Flaming Lips y Kruder & Dorfmeister Live. Ese último una pasada, mimetizados entre las pantallas gigantes y con los invitados cantando, chulísimo. Me va gustando más y más la atmósfera que vivimos. Por las mañanas cogemos el coche y huimos de la zona de camping. Vamos buscando una de esas playas portuguesas tranquilitas, donde podamos tomar el sol, meternos en el mar fresquito y dormir un poco. Increíblemente, un poco después de la playa del pueblo, encontramos un rincón casi privado, idílico. ¡Un caprichito! No es fácil llegar, los dos caminos que llevan al paraíso son tortuosos. Uno de ellos es subiendo el monte, por las rocas sueltas y afiladas. El otro por el mar, ya que a esas horas la marea está bastante alta. No importa la dificultad, vamos despacio por mar, casi cubiertos por el agua, pero contentos de poder disfrutar de una playa tranquila. Somos casi una comunidad. Nosostros y unos pocos más compartiendo algunas horas de sol y bonanza. Hay niños jugando, tranquilos. El pequeño trozo de arena está rodeado por una pared escarpada de rocas negras, donde resalta una suave cascada, de agua dulce revitalizante. Alteirinhos es su nombre. Venimos aquí todos los días, tras despertarnos. Es lo que nos carga las pilas, lo que nos deja preparados para una noche más de buena música y muchos saltos.

Día tras día vamos conviviendo con un montón de grupos super chulos. Massive Attack, Jamiroquai, Bajofondo y Air, los Amour, Imagination, Rêve, con sus baladas psicodélicas setenteras. Nos encanta el trip-hop de la Dietrich negra del Soul, Martina Topley-Bird y sus rizos casi azules. Una explosión de distintos sentimientos. Disfrutamos a tope. Apenas me molesta un poco la basura. La verdad es que la gente es bastante cerda. Imaginaba que gente que tiene  la costumbre de hacer camping tenía algo de conciencia ambiental. Pero, por lo visto, nada. Las zonas de agua, digo, la ducha y los lavabos, están comidas de mierda. La gente deja botes de champú, de jabón, cepillos, de todo, vamos. En las pilas para la higiene personal friegan ollas y vajillas, un asco, en el suelo hay macarrones y salsa de tomate. Tampoco se ven muchos basureros, la verdad. No nos cuesta llevar una bolsa de plástico y no tirar las cosas por el suelo. Ni nuestros vecinos semi-hippies dan buen ejemplo. Se termina su estancia y dejan en el campamento un montón de basura. Me imaginaba que a esa gente le molaría el rollo naturaleza, en su esencia, digo. Que les gusta estar en contacto con el medio sencillo y respetarlo. Por lo visto es solamente una movida estética, porque son tan guarros como los demás. Los días pasan muy rápidos y el lunes de regreso llega sin avisar. Me quedo con la experiencia de los conciertos de Mika, Lykke Li y los Friendly Fires. El espectacular concierto de Mika, super animado y con el escenario cambiante me hace flipar. La sencillez y pasión de Lykke Li me provoca un estado de euforia nunca antes probado. Y claro, la super energía de Friendly Fires, que contó incluso con el salto del vocalista Ed MacFarlane sobre el público, nos conmueve y deja los pelos de punta. El guitarrista da mucha caña, invitándonos a cantar, a gritar, a divertirnos. Lo pasamos bomba con su música inquietante, bajo la carpa Groovebox, y con el baile más que exótico de MacFarlane. Al final decido elegir por vivir y no por ver. La verdad es que he aprendido muchas cosas en este festival. Sobretodo que se puede ser feliz compartiendo poca cosa, escuchando buena música y en buena compañía.


Mika , FriendlyFires, Lykke Li

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